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Aceptar la diversidad en la vida religiosa con el valor y la belleza de la comunión

Autora: 
Sister Thuy Tran, CSJ

Hace más de dos semanas que 80 de nosotras asistimos a la Reunión Nacional de Giving Voice en San Luis, Misuri. El título de la reunión fue El valor y la belleza de la comunión. Recuerdo las palabras del papa Francisco: “Arquitectos y pintores, escultores y músicos, cineastas y literatos, fotógrafos y poetas, artistas de todas las disciplinas, están llamados a hacer brillar la belleza, sobre todo donde la oscuridad o la mediocridad dominan la vida cotidiana. Son guardianes de la belleza, mensajeros y testigos de la esperanza para la humanidad, como han repetido en varias ocasiones mis predecesores. Los invito, por tanto, a cuidar la belleza y, a su vez, la belleza sanará muchas heridas que marcan el corazón y el ánimo de los hombres y las mujeres en la actualidad”. Estas son algunas de las experiencias que viví al rodearme del valor y la belleza de la comunión.

El jueves por la tarde, las hermanas comenzaron a llegar poco a poco a la Fontbonne University, y me di cuenta de la diversidad de congregaciones reunidas ahí. Lo primero que pensé fue: “¡Qué hermoso ver la diversidad de las hermanas que están aquí!”. Durante nuestro servicio de oración, la hermana Lisa Perkowski nos invitó a hacer una reflexión devota y artística, para la cual usamos pintura y un pedazo grande de papel en el piso. Pensé: “Cielos, no me gusta pintar y aquí estamos, pintando en grupo”. Por fin, me convencí y decidí participar en la actividad de oración. Me di cuenta de que otras hermanas se tomaban esta actividad muy en serio, y todas quedamos cautivadas por la belleza y la diversidad de la habilidad artística mostrada. Esa misma noche, hubo un show de talentos en el que las hermanas compartieron sus dones y aptitudes: cantaron, hicieron malabares, tocaron instrumentos, actuaron y recitaron poesía. Reímos a carcajadas y admiramos a nuestras talentosas hermanas. De nuevo pensé en lo maravilloso que era estar rodeada de talentos y dones tan grandes.

El viernes, escuchamos los relatos de hermanas de diversas congregaciones que nos iluminaron el corazón por su valentía de permanecer en comunión con un mundo fracturado y herido. Durante la misa, la hermana Romina hizo una hermosa reflexión sobre sus experiencias en la frontera de El Paso, Texas. El ministerio que está llevando a cabo con la gente en la frontera me llenó de asombro e inspiración. Más tarde, tres hermanas compartieron sus experiencias personales de ser religiosas y poder responder con valor y belleza en un momento en particular. La hermana Heba nos contó sobre su vida y su ministerio en Egipto, un país donde hay divisiones entre cristianos y musulmanes. Es indescriptible lo que sentí al oír la valentía con que las hermanas están dispuestas a arriesgar su vida para llevar el amor y la presencia sanadora de Dios al pueblo de Egipto. La hermana Nicole habló sobre una mujer que conoció en el tren. La mujer le contó que la Iglesia católica la había lastimado en el pasado. Al escuchar con compasión, la hermana Nicole proporcionó una experiencia sanadora a una persona desconocida en el tren. La hermana Tracey relató su experiencia de liderazgo como organizadora comunitaria en la que ha logrado reunir a otros colaboradores con mentalidad similar y ser una voz de justicia para nuestros hermanos marginados. Otras hermanas también nos dieron la oportunidad de entender nuestro mundo para estar informadas como mujeres religiosas de la Iglesia. Ese mismo día, conocí otras realidades del mundo y me inspiró lo que nuestras hermanas están logrando con su valor y belleza para llevar la luz al pueblo de Dios en nuestra Iglesia y el mundo.

El sábado tuvimos otra ronda de talleres dirigidos por nuestras hermanas. Christa Parra y yo habíamos sido invitadas a hacer una presentación sobre la vida intercultural. Unas semanas antes de la conferencia, tuvimos una conversación telefónica para preparar juntas la presentación. En esa primera llamada, planteamos tres preguntas para reflexionar: 1) ¿Por qué la vida intercultural es vivificante?; 2) ¿Por qué la vida intercultural es agotadora?; y 3) ¿Cuál es el don de la vida intercultural en la comunidad? Hablamos de nuestras experiencias en relación con estas tres preguntas y dejamos que el espíritu nos guiara. Al final de la conversación, dijimos: “Oremos y, en unos días, veamos a dónde nos lleva el Señor”. La imagen que nos vino a la mente fue la foto de la interpretación de Andrei Rublev de la Santísima Trinidad como personas de varias culturas sentadas a la mesa. A partir de ese momento, el Espíritu Santo dirigió nuestros pensamientos y oraciones para comunicar a nuestras hermanas nuestros conocimientos y experiencias en la vida intercultural.

El viernes por la tarde, el día anterior a nuestra presentación, Christa y yo fuimos al supermercado y compramos panes que representaran diversas culturas. Durante nuestra presentación, las asistentes compartieron el pan e intercambiaron sus experiencias de vida intercultural. Imaginen cuando Jesús resucitado regresó, se sentó a la mesa con sus discípulos después de todo lo que habían vivido juntos y compartió el pan con ellos. Esa fue nuestra experiencia al reunirnos en esos momentos. Christa y yo leímos un fragmento del libro en el que participamos, In Our Own Words: Religious Life in a Changing World (En nuestras propias palabras: La vida religiosa en un mundo cambiante). Nos dimos cuenta de que nuestras experiencias de vida intercultural han sido momentos de dificultades y también de alegrías. La inspiración para mi capítulo en el libro surgió de adversidades, sufrimiento y alegrías, y quería que las hermanas de otras culturas supieran que no están solas cuando afrontan problemas y obstáculos.

Al compartir el pan, nuestras conversaciones fueron profundas y sinceras protegidas. Para las participantes fueron momentos tan valiosos que nos pidieron hacer una segunda parte de este taller. Christa y yo estuvimos de acuerdo y, durante esa segunda parte, más hermanas hablaron sobre sus experiencias de vida intercultural. Compartir el pan entre nosotras nos permitió adentrarnos juntas en los lugares más difíciles. La comida es importante para el acercamiento de las culturas. Nos escuchamos y nos apoyamos unas a otras en un entorno seguro. Cuando se acabó el tiempo, el grupo nos pidió hacer una tercera parte del taller sobre vida intercultural.

Después de tres rondas, todavía había pan para compartir, así que seguimos adelante con la sesión y comunicamos abiertamente al grupo nuestros sufrimientos y dificultades. Otras hermanas se animaron a hablar y a contar su propia experiencia de vida en una comunidad intercultural. Describimos cómo hemos sido incomprendidas y juzgadas, y los desengaños que hemos tenido, pero también mencionamos nuestras alegrías y el apoyo que recibimos. De pronto, sucedió algo asombroso. Después de escuchar a las hermanas que hablaron de sus obstáculos y dificultades en la vida religiosa, una hermana dijo: “Como mujer blanca, llevo una vida tan privilegiada que cada mañana me despierto y sigo adelante con mi rutina. No tengo que preocuparme por lo que todas ustedes atraviesan. Se me rompe el corazón al oír lo que les toca vivir”. Luego, las lágrimas le quebraron la voz. Una hermana quiso intervenir, pero le pedí que esperara y que nos permitiera procesar lo que acabábamos de escuchar. La experiencia de esta hermana era empatía profética: estaba sintiendo nuestro dolor como si fuera el suyo propio. La empatía profética fue algo que aprendí el día antes de la hermana Erin. Las lágrimas de esa hermana se convirtieron en un momento de sanación para mí y para las demás. En cierto modo, sus lágrimas me sanaron y permitieron aliviar a mi corazón de la carga que venía llevando. Es posible que las demás hermanas y yo hayamos llevado ese pesar en el corazón por mucho tiempo y necesitábamos que alguien más reconociera nuestro dolor y nuestras dificultades. De alguna manera, sus lágrimas y su reconocimiento fueron el comienzo de mi proceso de sanación. Las asistentes del taller se retiraron de esa experiencia sintiéndose más aliviadas y más conscientes del misterio pascual que nos rodea.

Al final de la conferencia, una hermana y amiga mía se me acercó y me dijo que, durante una sesión de oración, le vino a la mente la palabra “ternura”. Sentí la ternura de Dios entre nosotras al comulgar en la liturgia diaria, al estar juntas como grupo, al compartir el pan en nuestros talleres y al abrazar la riqueza de nuestra diversidad en esta reunión. Para concluir, agradezco al equipo coordinador de la Reunión Nacional de Giving Voice por su liderazgo y su visión al organizar la conferencia. Las palabras del papa Francisco siguen siendo válidas para todas las asistentes al evento. Sentimos la belleza de sus palabras durante todo el fin de semana porque tuvimos poetisas, músicas, pintoras, arquitectas, fotógrafas, escritoras, cineastas y discípulas de todos los ámbitos sociales que se abrazaron con amor y ternura. La hermandad que vivimos juntas generó nuevas posibilidades para nosotras en el mundo: al aceptar nuestra diversidad, podemos adentrarnos en esos lugares oscuros y hacer brillar la presencia sanadora de Dios con valor, llevando la belleza de la comunión a nuestras comunidades y al resto del mundo.