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Como ustedes me recibieron

Autora: 
Emily TeKolste
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Parte de mi primer año de formación en la comunidad consiste en pasar, en promedio, una semana cada mes visitando a nuestras hermanas en su lugar de residencia y trabajo. Hace poco, regresé de visitar a nuestras hermanas que laboran con los trabajadores agrícolas migrantes en el sur de California. Durante mi visita, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE, U.S. Immigrations and Customs Enforcement) comenzó a acelerar las detenciones en varios estados, entre otros, California e Indiana, mi estado de origen.

Las hermanas Loretta Piccuci y Carol Nolan dirigen el ministerio Providence in the Desert en el valle de Coachella. Ellas y los maestros de su personal viajan a aulas de escuelas públicas, parques de casas rodantes y residencias privadas para enseñar inglés a los inmigrantes que hablan español.

En mi recorrido por el desierto del sur de California, conocí a Paul, un ciudadano estadounidense residente de San Diego, California, cuya familia se mudó a Guanajuato, México, poco después de que él naciera. En México, Paul obtuvo el título de ingeniero. Actualmente, trabaja en los campos de California y, como oportunidad de aventura, estudia inglés con Providence in the Desert. Conocí a Leticia, quien también trabaja en los campos. Su esposo y la mayoría de las personas de su comunidad hablan español, pero su hijo habla inglés, y ella está aprendiendo inglés para comunicarse con él. Conocí a tres ciudadanas estadounidenses naturalizadas, Lupita, Araceli e Irene, quienes pueden sostener una conversación básica en inglés; sin embargo, siguen asistiendo a clases dos veces a la semana para mejorar esa capacidad.

Al reflexionar sobre el viaje, recordé mis experiencias anteriores en lugares como Guatemala, España e India, donde no hablaba el idioma y dependía de intérpretes. También pensé en mi tiempo y dedicación a aprender un idioma con el que todavía tengo problemas para comunicarme con claridad. En la mayoría de estas experiencias, me sentí bienvenida a pesar de no poder hablar correctamente. Durante algún tiempo, dependí de personas que me tradujeran, pero también encontré a muchas otras que hablaban mi idioma, especialmente en India.

A mi regreso de California, hice un viaje breve de un día de nuestra casa madre a Indianápolis para asistir al mitin We All Belong Here (Todos pertenecemos a este lugar). Varios grupos locales organizaron esta manifestación para dar inicio a una semana de actividades destinadas a crear una ciudad acogedora. Los temas incluidos abarcaron desde los derechos de los inmigrantes y refugiados hasta la formación sobre justicia racial dirigida a aliados blancos. En este acto, el padre y el hijo de una familia de refugiados sirios tomaron la palabra y relataron que, aun cuando han vivido en Indiana por dos años, todavía necesitan que alguien les traduzca. El hijo mencionó que recibe noticias de sus amigos en Siria, donde hay bombardeos todos los días y es difícil conseguir alimentos y agua (la persona que interpretó esto nos dijo que el hijo habla inglés pero que no lo hace por timidez). El padre expresó su deseo de corresponder a los Estados Unidos por haberle recibido, e indicó que les dice a sus amigos que están en Siria que no todos los estadounidenses son como el Gobierno.

Cuando intento compenetrarme con los relatos de estas personas y compararlos con mi propia experiencia segura de lo desconocido, lloro por la situación de nuestro mundo, en particular, por las personas más vulnerables. Tal vez no podemos acabar con la guerra en Siria, pero sí podemos contener el derramamiento de sangre y ofrecer vida y humanidad reales a las víctimas del régimen de Assad, del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL) y de las facciones rebeldes en conflicto. Podemos dar refugio a quienes, como Jesús, se vieron forzados a dejar su patria.

Asimismo, podemos atender el llamado de las escrituras hebreas y cristianas a recibir al extranjero: “Cuando un extranjero resida con ustedes en su tierra, no lo maltratarán. Él será para ustedes como uno de sus compatriotas y lo amarás como a ti mismo, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor, tu Dios.” (Levítico 19:34). Jesús nos habla de quienes serán bienvenidos en el cielo: “Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver." (San Mateo 25:35-36).

Nadie dijo nunca que seguir a Jesús sería fácil. Jesús nos enseñó incluso que teníamos que estar dispuestos a seguirlo por el camino a la cruz. Por medio del mitin, de mi experiencia de la comunidad religiosa y de mis interacciones diarias con los demás, Dios me asegura que no recorreré este camino sola.

Emily TeKolste es postulante de las Hermanas de la Providencia de St. Mary-of-the-Woods en Indiana y, anteriormente, parte de la comunidad Catholic Worker de Indianápolis. Recibió formación jesuita en la Xavier University, y le apasionan las cuestiones de paz y justicia. Emily es originaria de Carmel, Indiana, un suburbio ubicado al norte de Indianápolis.