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Rindamos homenaje a las mujeres sabias en mayo

Autora: 
Sr. Jenn Doyle

Mayo es el mes en el que conmemoramos a nuestras madres, abuelas, madrinas y, por supuesto, a María, la madre bendita de Jesús. Y justamente, porque María tuvo valentía suficiente para responder con el SÍ que dio inicio a esta gran historia. Cuando reflexiono acerca de María, pienso en mi abuela, que fue quien me educó. Gracias a mi abuela, mi familia se mantuvo unida. Con arduo trabajo y oraciones constantes, sacó adelante a siete hijos y muchos nietos. La labor de su vida fue criar a más de 350 niños bajo tutela temporal en nuestro condado. Recuerdo las cenas de los domingos, cuando toda la familia se reunía en nuestra casa y mi abuela preparaba una cacerola enorme de jamón y repollo. Los adultos se sentaban a conversar y los niños jugaban juntos. Mi abuela asumió el papel de matriarca muy en serio. Lograba tranquilizar a un niño revoltoso con solo lanzarle “La mirada”, y todos le obedecíamos porque era una mujer formidable. Tenía además un alma noble y generosa; le encantaba recibir en su mesa a una o dos personas más que llegaran a comer sin avisar. Rezaba por todos y cada uno de nosotros, ayudaba a quien podía y ofrecía un lugar seguro y cómodo para descansar un rato o simplemente para conversar.

Mi abuela me enseñó mucho, pero lo más importante, me enseñó a prestar atención a los que necesitan ayuda y a DAR esa ayuda. Cuando era niña, me solían pedir que fuera a la tienda a hacerle las compras a algún vecino, o que sacara el bote de la basura de alguien más el día que pasaban a recogerla. Mi tío y yo rastrillábamos las hojas en el otoño en los jardines de varios de nuestros vecinos. Era común ver a mi abuela en nuestro patio tomando café con algún vecino, compartiendo su amistad y su amor.

Recuerdo que un día de verano cuando llegué muy molesta a casa, por algún motivo que ya olvidé, mi abuela me enseñó a rezar el rosario y me dijo lo importante que era ofrecer esos sentimientos a María para que ella pudiera consolarnos e interceder por nosotros.

Hace poco, leí un poema titulado Cana Wine (“El vino de Caná”) del libro Woman Un-Bent (“Una mujer recta”) de Irene Zimmerman, que describe el relato bíblico de las bodas de Caná del evangelio de San Juan, capítulo 2. En el poema, la madre del novio se acercó a María y le dijo que se había acabado el vino. María le pidió que no lo dijera a nadie más, y se abrió paso entre la multitud para buscar a Jesús. Cuando lo encontró, le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “¿Qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía”. María, que no aceptaba una respuesta negativa, se dirigió a los sirvientes y les dijo: “Hagan todo lo que él les diga”. María intercedió por la madre del novio y cuando Jesús la cuestionó, me gusta pensar que quizá le lanzó “La mirada” y siguió dando instrucciones a los sirvientes. María empujó dulcemente a Jesús a comenzar su ministerio. ¿Sabía acaso lo que eso significaba para Jesús, para ella misma y para el mundo a su alrededor?

Veo muchas de las cualidades de María en mi propia abuela. Estoy segura de que ella sabía lo que estaba haciendo cuando me enseñó a rezar. Décadas más tarde, cuando elegí una comunidad religiosa para explorar, me sentí fuertemente llamada a una comunidad que honra y celebra a María. Las Hermanas del Buen Socorro tienen una gran devoción por María y recibieron ese nombre por la invocación de Nuestra Señora Auxiliadora de los Cristianos. El 24 de mayo celebramos la fiesta de nuestra congregación. Mi abuela falleció en 1997, pero me dejó el conocimiento de María como madre espiritual. Por eso, al celebrar a María este mes, recordemos y agradezcamos a todas las “Marías” en nuestra propia vida, a nuestras madres, abuelas, tías y hermanas, y a las hermanas de la comunidad que nos conocen mejor de lo que nosotras mismas nos conocemos, que nos responsabilizan de nuestros actos, que nos aman incondicionalmente y nos exhortan, del mismo modo que María exhortó a Jesús en las bodas de Caná.