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Pastelitos de la comunidad

Autora: 
Hannah Vanorny, OSB

Por culpa de Simon & Garfunkel, mi vocación de religiosa casi termina antes de haber empezado. Durante una visita previa que hice al monasterio benedictino al cual ingresé posteriormente, en una conversación con una de las hermanas, mencioné a Simon & Garfunkel. La hermana, que andaría alrededor de los 70 años, me miró sin comprender y preguntó: “¿Qué es Simon & Garfunkel?”. Me quedé sin palabras, algo insólito en mí. Hablando de “Los sonidos del silencio”… ¿Podría realmente unirme a una comunidad que no conociera a Simon & Garfunkel? “¿John Lennon?”... me aventuré a decir en voz baja. La hermana negó con la cabeza: tampoco conocía a John Lennon. 

Ese día me di cuenta de que, en muchas comunidades religiosas, existe realmente la brecha generacional. Con todo, me enamoré de esa comunidad de hermanas en particular, y me uní a ellas al año siguiente.

La brecha generacional ha sido motivo constante de frustración y de humor para mí. Vivo en una comunidad muy diversa de hermanas: en un momento, puedo estar hablando de la música de los años noventa o de las nuevas tendencias con otras hermanas en mi grupo de edad (menores de 40 años), y luego sostener una conversación profunda sobre la época anterior al Concilio Vaticano II con las hermanas mayores. Charlar con las mujeres que vivieron una vida de claustro en la década de los 50 hasta mediados de los 60 es a la vez interesante y exasperante. Me fascina oír acerca de la vida en “esos tiempos”, y las anécdotas legendarias de hermanas ya fallecidas; sin embargo, a veces me frustra la falta de un entendimiento común. 

En el campo de la cultura popular, las hermanas mayores nunca han oído miles de los nombres (bastante inútiles) que traigo en la cabeza: nombres de programas de televisión, películas, canciones, marcas de ropa, etc. de los años 60 a la fecha. Mi aspecto y mis actividades confunden a muchas de las hermanas que no comprenden como una persona puede: llegar a los 34 años sin haber aprendido a coser; comer chocolate en el desayuno (esto lo descubrí una vez que traté de preparar pastelitos con chispas de chocolate); usar botas porque es la moda y no porque hace frío; tener tiempo para esa cosa del “Facebook”; mantener su habitación algo desordenada; beber café con saborizantes; y comer por gusto esos cereales extraños y azucarados, como Captain Crunch.

Por supuesto, a mí me desconciertan tanto las actividades y el aspecto de las hermanas mayores, como a veces yo las desconcierto a ellas. No obstante, a pesar de las diferencias superficiales que menciono, existe una unidad profunda que conecta a nuestra comunidad de hermanas. Es una unidad de respeto y amor que proviene de recorrer juntas el mismo camino en la vida. Somos un grupo de mujeres con una meta común: buscar juntas a Dios en la comunidad siguiendo la Regla de San Benito. La oración diaria en grupo nos une y nos permite apoyarnos mutuamente en los momentos buenos y en los malos.

Como es un tema que me apasiona, explico mi idea de comunidad en términos de pastelería: somos como una gran hornada de pastelitos de vainilla, pero cada una con una cubierta distinta: chocolate, maple, naranja, caramelo, menta, canela, fresa y otras. Al igual que los pastelitos, tenemos la misma base, pero cada hermana posee un sabor algo distinto, y esto es precisamente lo que nos hace interesantes. Me encanta la variedad de los pasteles que preparo, y lo mismo se aplica a mi comunidad: somos todas mujeres distintas y únicas, y no cambiaría eso ni por todo el oro del mundo. ☺

 
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