Usted está aquí

Preguntas para una iglesia en crisis

Autora: 
Adriana Calzada, CCVI

Al estar en misa no pude evitar pensar y recordar. La iglesia a la que fui este domingo normalmente está llena de niñas y niños chiquitos. Cuando voy a ella me distraigo disfrutando viendo sus ocurrencias, cómo se portan, a los que cantan, a los que pelean, a los que sonríen. Es un motivo de mucha alegría y un signo de esperanza. Pero hoy no fue así. Hoy sentí tristeza por ellos. También sentí mucha curiosidad por sus papás y, de cierta manera, admiración. ¿Cómo es posible que una institución que no protege a sus niñas y niños esté llena de ellos?

Me invadió una tristeza profunda que se sumó al enojo y a la confusión que tenía en mí. Al despertar había estado leyendo nuevos artículos sobre los recientes escándalos de abuso sexual. Muchas preguntas vinieron a mi mente. Una de ellas, la cual me persiguió todo el día, es si yo no fuera hermana, ¿seguiría yendo a la Iglesia? Y pienso en tantas y tantas personas con las que crecí en un entorno similar y que con el paso del tiempo dejaron de ir. Recuerdo tantas conversaciones con mis hermanas mayores en donde platican de sus sobrinos y sobrinas que dejaron de ir a la Iglesia, y esto a algunas les causa tristeza, pero otras lo ven con mucha naturalidad y entienden las razones.

Otra pregunta es, pensando en un altar de muertos para mi escuela, ¿sería muy crudo dedicarlo a la inocencia de los niños que murió al ser abusados? ¿Me llamarán la atención si lo hago? Hace semanas vino a mi mente la intención de iniciar una causa en contra de la canonización de Juan Pablo II, ¿tiene sentido, me van a llamar la atención en mi congregación, me atrevo a hacerlo? Más preguntas, ¿por qué tanta gente se vuelca a defender la iglesia con tanto esfuerzo? ¿es realmente momento de defender? Mucha gente ha escrito sobre por qué se queda en la iglesia a pesar de todo y yo también me lo pregunto, pero no siento ninguna necesidad, en este momento, de resolver la cuestión y mucho menos de compartirla a modo de defensa. Me hago las preguntas sobre la doble moral en la que vivimos, sobre las declaraciones, opiniones y enseñanzas sobre la comunidad LGBTQ. Me pregunto también sobre mi condición de mujer en esta iglesia patriarcal en la que, por lo menos hoy y por muchos años más, no puedo tener un rol legítimo de liderazgo. En estas semanas pasadas he estado preguntándome esto y mucho más. Me pregunto también cuándo se destapará todo esto en Latinoamérica y si será mucho peor. Me pregunto cuándo tomaremos serias acciones en México (mi país) al respecto contra quienes están identificados como encubridores de pederastas. Mi pregunta más importante es si yo soy lo suficientemente valiente y capaz para comprometerme en esta lucha. No tengo respuestas a ninguna de estas preguntas. El llamado de Francisco a hacer oración y ayuno no me basta. Me identifico con la declaración de LCWR al sentirme “disgustada y avergonzada”.

Sé que las preguntas seguirán surgiendo, sé que no soy la única que me las estoy haciendo. Sé que es bueno, natural y sano preguntar. Me siento agradecida por la parte de la iglesia en la que encuentro espacios de compartir, de cuestionar, de intentar encontrar en comunidad. Me siento agradecida por todas las personas que no forman parte de esta institución que también me ayudan a cuestionar y lo hacen desde una genuina curiosidad y un honesto interés. Me siento especialmente agradecida por todas aquellas personas, muchas en mi vida, que se dicen católicas o con una imagen de Dios muy parecida a la mía pero que no participan más de la institución por muchos diferentes motivos. Reconozco la enorme necesidad de seguir caminando con este grupo no para evangelizarlos sino porque enriquecen mi reflexión. Me cuesta mucho trabajo, pero también tengo que hacer estas preguntas junto a las personas con una postura radicalmente opuesta a la mía, también tengo que invitar a quienes viven atacando la Iglesia y se regocijan cada vez que suceden cosas como éstas y a quienes tienen otra imagen de Dios (lo cual es lo más difícil en ocasiones) Me ha costado mucho sentarme a escribir esto, lo pospuse por días porque está claro que no tengo respuestas. No quería escribir algo sin sentido, algo que siga causando división, algo contraproducente. Pero no podía escribir sin tocar el tema.

Escuchar el Effetá de hoy me invita a seguir preguntando, preguntando, preguntando, pero con el compromiso y la responsabilidad de estar atenta a las respuestas que sí me dan vida, a las que sí me ayudan y a las que construyen. A ir cerniendo la información recibida para seguir buscando la verdad. A pedirle a Jesús que meta sus dedos en mis oídos y toque mi lengua con su saliva. Necesito que mis oídos se abran y necesito empezar a hablar de este tema con menor dificultad. Porque sí, voy a seguir preguntando, pero también los niños, niñas y familias destruidas por el abuso sexual en la Iglesia Católica me demandan que me manifieste claramente a favor de la justicia ya. Esta exigencia y el hecho de que Jesús es quien puede abrir mi mente y corazón son las únicas respuestas que tengo, por ahora.